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Testimonios de la Memoria Oral

José Apolinario

Un relato en primera persona sobre el encuentro con Pancho Sierra en 1891.

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“Yo soy del 80, nacido acá, en el partido del Salto en la Estancia El Rincón, que en ese tiempo era de don Diego Barbozo, y don Diego Barbozo se la vendió a Marcelino Ugarte, aquel que fue gobernador de la provincia de Buenos Aires...”

Don Pancho Sierra

A Pancho Sierra lo conocí cuando yo tenía 10 o 11 años, en 1891. Yo fui allá a la estancita que tenía del otro lado de Rojas, que ’ta de Rojas como quien sale para Pergamino una legua... ahí está la estancita de Pancho Sierra: ”El Porvenir”.

Don Pancho tenía un consultorio chiquito, como de aquí, ves, a la pare... quizás menos. Un mostradorcito chiquito como la mesa, y había tres copas arriba del mostrador: una copa color amarillito, la otra natural y la otra borra de vino, y una botella de litro con agua...

¿El remedio que daba sabe lo que era?

"Le llenaba esa copa y tenía que tomar tres tragos de agua en nombre de Dios, de la Virgen y del Espíritu Santo, y lo hacía rezar tres Credos, tres Ave María y tres Padre Nuestro... ¡Ese era el remedio que daba! Yo hasta ahora tomo el agua en nombre de Dios, la Virgen y el espíritu de Pancho Sierra..."

Cuando fui, de chiquito, fui con mi madre, mi tío y mi abuela. Salimos de aquí, de San Ricardo, como a las dos de la mañana. Pa’ dar hospitalidá tenían dos carretas de esas de bueyes. Les había sacado las ruedas y las había puesto a la par sobre el suelo. Ahí dormían los que se quedaban.

El Pozo y la Sanación

José Apolinario

Testigo del tiempo de Pancho Sierra.

El pozo estaba cerquita del consultorio. No tenía brocal, ta’ba con alambre... de ahí sacaba agua. Once años tenía cuando lo vi. Yo estaba enfermo del estómago, volvía todo, no paraba nada en el estómago, nada. Estaba el cuero y los güesos, nomás.

Y de entrada nos atendió... Yo me había parado al lao e’ la puerta y cuando salió él (un hombre bajo era, igual como está en el retrato, no se reía ni por joda), le dice a mi madre:

— ¿Y éste, che?
— ¿Este? Este es hijo mío don Pancho. ¿Qué tiene?
— Esto y l’otro —le dice mi madre.
— ¡Este va a ser un animal, un bestia! —dijo él.

Y yo creo que no se equivocó. Yo en ese tiempo sabía el rezo, porque los viejos de antes nos enseñaban a rezar después de comer. La bendición, tata. La finada mi mamá me decía: ¡a rezar hij’una gran puta!

Después yo no me acuerdo cuando murió... Está en la bóveda. Era de Salto el finao. Me parece que la madre era Raimunda Ullúa... y él tuvo un dijusto de noviazgo, no sé qué cosa, y se mandó a mudar, dejó los estudios y se fue”.

Fuente: Recopilado por Jorge B. Rivera y publicado en la revista Crisis 28, de 1975.

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