Rincón de Historia

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Amigos del Museo

El Chato Flores, todo un personaje

Crónica de los seres entrañables que, con sus ocurrencias, tejieron la historia viva de Salto.

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El Chato Flores

Juan Carlos Alarcón, "El Chato Flores".

En Salto, como en otras localidades, siempre existieron personajes que por sus ocurrencias llegan a ser queridos por toda la población. ¿Quién no recuerda a Dominguito, dándole el primer empujón a la calesita? O a Doña Julia, «la canastera», que caminaba parsimoniosamente con su canasta apoyada en sus anchas caderas.

Los hermanos Kiernan, que en pleno invierno dormían a la intemperie; los mancos Pérez y Aneiro (el primero falleció bajo un vagón del tren, el segundo nos esperaba con maníes calientes en el cine Cervantes); o Larry, aquel muchacho alto e inocentón.

Recordamos también a la "Pata de Guadaña", el terror de los chicos; al Cordobés, que contaba historias mientras lustraba zapatos; al rengo Tito, pescador y cantor; y al popular Amarillo, que siempre caminaba con una pala de punta en la mano.

Juan Carlos Alarcón

Pero hoy nombramos a quien hace muy pocos días partió para siempre: «El Chato Flores». Su verdadero nombre era Juan Carlos Alarcón, pisaba los ochenta años y poseía una calidez y simpatía sobrepasa lo imaginable. Vivía humildemente en Villa Retiro y era el cuidador de autos frente al cementerio, donde con gestos ampulosos y una gran sonrisa nos recibía y despedía con un gentil: ¡Gracias!, chau señor, que te vaya bien.

La Gran Parodia del Casamiento

En el año 1955, el organizador de los bailes del Roma, Marcelo Ochando, tuvo la excelente idea de inventar la parodia del casamiento del «Chato» con la popular cantante «Chabela». Aquel sábado 12 de marzo, ella vestida de novia y él de frac, pasearon en un coche descapotado por el centro tirando besos.

Esa noche el teatro Roma se llenó por completo. El «Chato» y la improvisada «Chabela» bailaron y dieron mil giros envueltos por la alegría de un inesperado amor. Entre brindis y gritos de ¡Vivan los novios! cortaron la enorme torta de bodas. En un momento la supuesta novia desapareció, dejando al pobre novio solo con unos cuantos tintos, pensando que, por una vez, había vivido el día más feliz de su vida.

Años después, el director de cine Polaco, en una secuencia de la película «Siempre es difícil volver a casa», realizó una escena sobre aquella parodia de amor.

En los años setenta lo llamaron «El Gaucho Llamarada», vestido íntegramente de rojo (sombrero, chaqueta, bombachas y alpargatas), regalo de unos jóvenes del Barrio Central con quienes viajaba a concursos de cantores en un Falcon, también rojo.

Al «Chato» todos lo querían. Cuando caía el sol, se iba camino a su rancho, escuchando en su bolsillo el tintineo de algunas monedas ganadas para pan y vino. El 12 de julio subió al cielo, y desde allá nos envió un puñado de nieve blanca como su alma, con la alegría de estar junto a Dios.

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